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Fútbol del Poniente Almeriense

Johan Cruyff, el holandés revolucionario

CRUYFF Y LA APUESTA POR EL FÚTBOL DE CANTERA

Cruyff

Nada más retirarse en el Feyenoord regresó al Ajax para encabezar una revolución. Johan Cruyff (Ámsterdam, 1947), el heredero natural del fútbol total de Rinus Michels, cambió los cimientos del club holandés como lo luego lo hizo en el Barcelona. Ambos le deben su esencia actual, ese empeño en la formación de cantera y en que el mundo debe girar en torno a la pelota.

"El papel del entrenador no es hacer amigos”

“Si tienes la pelota en el pie sólo un segundo no hay manera humana de que te den una patada”


“El balón es mi despacho. Me siento en él y veo cómo trabaja el equipo"


Nada más retirarse en el Feyenoord regresó al Ajax para encabezar una revolución. Johan Cruyff (Ámsterdam, 1947), el heredero natural del fútbol total de Rinus Michels, cambió los cimientos del club holandés como lo luego lo hizo en el Barcelona. Ambos le deben su esencia actual, ese empeño en la formación de cantera y en que el mundo debe girar en torno a la pelota.

«El balón es mi oxigeno. Respiro fútbol y me divierto haciéndolo», escribió Johan Cruyff en las primeras paginas de su libro ‘Mis futbolistas y yo’. Su sistema 3-4-3 marcó una época por su valentía, por su entrega sin complejos a un juego ofensivo que debía ser puro divertimento para el espectador y, sobre todo, para el futbolista.

El Ajax inició un giro radical a su política cuando Cruyff se hizo cargo de la dirección deportiva en 1984. Creía que la única forma de hacer imperecedera una idea es crecer con ella. Impuso la defensa de tres hombres en todas las categorías inferiores. Grabó a fuego la filosofía del control y pase. Apenas una temporada después sustituyó a Leo Beenhakker como técnico. Ganó dos Copas de Holanda y una Recopa antes de precipitar su marcha. En enero de 1988 dimite al no convencerle la oferta de renovación que le presentó el club. Mientras, su suegro negociaba ya en París con Joan Gaspart, vicepresidente del Barcelona, su regreso a la Liga española.

La entidad azulgrana pasaba por entonces una de las temporadas más revueltas de su historia. Las secuelas del ‘motín del Hesperia’ amenazaban la presidencia de un Josep Lluis Nuñez que tenía apalabrado conJavier Clemente su fichaje como entrenador para el siguiente curso. La oposición de Sixte Cambra ganaba fuerza y para dar un golpe definitivo a su reelección recurre a la figura de dos leyendas vivas del club como son Carles Rexach y el propio Johan Cruyff. La contratación del holandés no fue fácil por dos razones: no tenía un título de entrenador que le permitiese entrenar en España y, además, mantenía una deuda millonaria con el fisco desde su época de jugador.

El legado de Cruyff en el Barça tiene un valor incalculable. Atravesó casi dos temporadas en un desierto de dudas hasta que un resultado lo cambió todo. El triunfo en la final de Copa de 1990 ante el Real Madrid marcó un punto de inflexión. Después llegaron cuatro ligas consecutivas y la consecución de la primera Copa de Europa en la historia culé en 1992. Aquel Barcelona bordó el fútbol y se ganó el apodo de Dream Team. La herencia de ese equipo se mantiene viva en el presente.

La estrepitosa derrota en la final de la Champions League de 1994 -4-0 ante el Milan de Capello- fue el principio del fin del Cruyff entrenador. Meses antes anduvo en negociaciones infructuosas con la federación holandesa para compatibilizar su cargo en el Barça con el de seleccionador de su país en el Mundial de Estados Unidos. Meses después se vio al frente de un equipo sin chispa. Lejos de la autocrítica, se empeñó en sus ideas y emprendió una reforma paulatina del plantel.

Su relación con las vacas sagradas del vestuario y con la presidencia se desgastó. «Es como es. Son estilos de forma de ser. No actuamos igual. Él habla por conductos anormales. Yo soy respetuoso con las personas... Él lo hace, y lo tengo que aceptar", dijo Nuñez a principios de 1996. El técnico se vio con la autoridad moral suficiente para imponer su criterio sobre cualquier cosa, pero acabó desbordando la paciencia del club. Dos jornadas antes del final de la temporada le destituyen. La grada del Camp Nou no encajó con gusto la decisión.

Desde entonces y hasta ahora, es la voz más influyente del entorno barcelonista. Es admirado y respetado en todo el mundo. Cataluña aprovecha el tirón de su imagen pública desde que le designaron seleccionador autonómico el 2 de noviembre de 2009. La elección es en sí misma un reconocimiento a su figura.

El Ajax intentó en vano que volviera a implicarse en su organización deportiva en 2008. "Son necesarios cambios drásticos para poder obtener en la cantera un nivel apropiado para esta entidad. He realizado un proyecto claro para hacerlo. Pero mi visión no la comparten las personas que tendrían que ejecutarla", dijo Cruyff como renuncia. Se avino con formar parte de un consejo de sabios. En marzo de 2011 logró forzar finalmente la renuncia de los dirigentes del club, reacios a aceptar algunos relevos propuestos en el organigrama técnico. El vacío de poder ha quedado resuelto con el nombramiento de una nueva dirección formada por cinco personas. Él está entre ellas.

angel.liceras@marca.com

El Manchester United de los 'Busby babes

EQUIPOS DE LEYENDA

Hubo un tiempo en el que el Manchester United pintaba más bien poco en Inglaterra y absolutamente nada en Europa. Lejos del liderazgo que asume hoy en día en la Premier y ausente en las grandes citas internacionales, el United se debatía entre el anonimato y la cotidianeidad. La llegada de un solo hombre cambió esta tendencia a mediados de los años 40. Matt Busby, poco menos que un héroe en el Manchester City, sería curiosamente el gran causante de una de las etapas más gloriosas del ManU.

El técnico escocés y su fiel ayudante James Murphy revolucionaron la entidad con decisiones pioneras como la instauración de reuniones sociales o la idea de otorgar funciones administrativas a algunos jugadores. Su creencia en el fútbol base llevó al United a reforzar sus categorías inferiores y surtirse de jugadores jóvenes para el primer equipo. "Un jugador es lo bastante mayor siempre y cuando sea lo suficientemente bueno", solía decir el escocés. Busby llegó en 1945 y dos años más tarde llevó al equipo hasta el segundo escalón de la Premier League. En 1948 logró su primer título conquistando la FA Cup. Era la primera señal de que en Manchester iba a suceder algo grande.

A medida que el United crecía y afianzaba su proyecto, cerca de Birmingham, en la pequeña localidad de Dudley, emergía un nuevo talento: Duncan Edwards. El equipo de Busby logró la tercera Premier de su historia en 1952 mientras el pequeño Edwards continuaba con su carrera meteórica. Un año más tarde, debuta con 16 años en un equipo que acoge a una serie de jugadores que marcarían una época inolvidable. Se incorporan el extremo Berry, el norirlandés Blanchflower, el zurdo Pegg, Foulkes, Viollet, el habilidoso Whelan y el gran Bobby Charlton. ’Bobby’ debuta en 1956 ante el Charlton Athletic y ya deja muestras de su gran clase marcando dos goles.

El fenómeno Edwards
Sin embargo, y pese a lo que todo el mundo pueda pensar, la gran estrella de aquel equipo era Edwards, como el propio Charlton se ha hartado de reconocer posteriormente: "Nunca he conocido a alguien tan dotado técnicamente, tan fuerte y con la presencia que él tenía. Era bueno con la derecha, bueno con la izquierda, con un extraordinario remate de cabeza y muy sólido en defensa. Es la única persona a quien, incluso hoy, realmente me sentía inferior". Un futbolista que estaba llamado a liderar un equipo de ensueño dispuesto a discutir la hegemonía del gran Madrid de Di Stéfano. Con Edwards todo era posible. "Recuerdo una anécdota: en una semifinal ante el Chelsea, Murphy nos dijo que evitáramos la dependencia de Duncan. Que éramos un equipo sobrado de talento. Al llegar 0-0 al descanso, nos gritó: ’Pasadle a Duncan’. Ganamos el partido". Declaraciones de Charlton que dejaban bien claro el peso del talento inglés en ese equipo.

Cayeron los títulos de liga del 56 y el 57 y sólo el imparable Madrid de la ’Saeta Rubia’ se cruzó en su camino en Europa. El equipo blanco y aquella maldita noche del 6 de febrero de 1958 en Munich. Busby y sus chicos regresaban de Belgrado tras clasificarse para las semifinales de la Copa de Europa en el vuelo 609 de la British European Airways y pararon en la ciudad germana a repostar. Caía una nevada tremenda y el avión tuvo dos despegues fallidos. "Todavía no sé por qué despegamos", recuerda Charlton. Al tercer intento, el avión se precipitó contra una casa y la cabina se convirtió en una trampa de fuego mortal. Harry Gregg, uno de los supervivientes y héroe improvisado no olvidará jamás las palabras de su compañero Whelan en medio del pánico y el caos generalizado. "Si ocurre lo peor, estoy preparado para morir. Espero que lo estemos todos".

Preparados o no, 23 personas perdieron la vida en el fatal accidente. Ocho fueron futbolistas. Tommy Taylor, de 26 años; Robert Byrne, de 28; Geoff Bent, de 26; Mark Jones, de 24; David Pegg, de 22, Liam Whelan, de 22; Eddie Coleman, de 21 y el gran Duncan Edwards, aunque éste lo haría quince días después. En medio del desastre, Gregg utilizó sus grandes manos de portero para rescatar uno por uno a todos los pasajeros que pudo, Charlton, Viollet y Matt Busby entre ellos. "Yo saqué a un bebé y después a una mujer también. Saqué a Bobby Charlton y a Dennis Viollet por el lado izquierdo y los arrastré sobre la nieve. Matt Busby frotaba su pecho y murmuraba: ’mis piernas, mis piernas...’".

De entre los supervivientes, Edwards y Busby fueron los que peor parte se llevaron. James Murphy, segundo del técnico escocés, tuvo que ocuparse de un equipo deshecho en logística y, como no podía ser de otra manera, en el aspecto moral. El propio Murphy contaba destrozado su experiencia con Edwards en el hospital: "¿Eres tú, Jimmy? ¿El partido ante los Wolves es a las tres?". El genial futbolista todavía pensaba en recuperarse a tiempo para llegar al partido. Para Murphy, no habrá nunca nadie como el gran Duncan Edwards: "Con el paso de los años, cuando escuchaba a Muhammad Alí decir que era el más grande, no podía parar de sonreír. El más grande fue Duncan Edwards". Por desgracia, nunca más pudo ponerse las botas.

El United debía pasar página y mientras Murphy reconstruía el equipo, Busby luchaba por sobrevivir en un hospital de Munich. "Estaba completamente sólo y tuve que rehacer un equipo. Fue importante coger futbolistas de fuera de Old Trafford, fuera del ambiente de muerte de Manchester y de toda la emoción", apuntaba el improvisado técnico. Tres meses después del accidente, cayeron en la final de la FA Cup ante el Bolton (2-0). "Tras perder ante el Bolton, fue peor que nunca", evocó el defensa Foulkes" al volver a Manchester, nos esperaban millones de personas".

La situación no mejoraba entre las paredes del hospital. Busby llegó a recibir en dos ocasiones la extremaunción. Se recuperó, mandó un mensaje de tranquilidad y la esperanza regresó a las gradas de Old Trafford. La recuperación giró en torno a la figura de Bobby Charlton, el mejor jugador con diferencia de aquella época. Llegaron David Herd, Albert Quixhall y Dennis Law. Poco después lo hizo George Best, genio controvertido que añadiría un factor desequilibrante, elemento distintivo que completó lo que más tarde se conocería como el "Holy Trinity" (Charlton, Law y Best).

Y el United y sus aficionados volvieron a sonreir. Busby regresó a los banquillos y los ’red devils’ recuperaron su dominio en la Premier ganando los campeonatos de 1965 y 1967. Europa esperaba de nuevo a los renovados ’Busby Babes’. Esta vez, ni el Madrid ni ningún avión se interpondría en su camino. Un 29 de mayo de 1968 en el majestuoso marco de Wembley, el United se proclamaba campeón de Europa tras ganar 4-1 al Benfica. Busby ya tenía motivos para ser feliz. Manchester podía respirar aliviado. Aquel triunfo era también de los ausentes, de las víctimas del accidente. Ya lo decía Harry Gregg: "Puede que no fuéramos el mejor equipo del mundo. Puede que nunca lo llegáramos a ser. Pero sin duda fuimos los más queridos. El equipo tenía juventud, carisma, y, sobre todo, humildad. La magia del Manchester pudo morir en Múnich, pero las emociones que generó aquel equipo permanecen imborrables en la memoria de los aficionados". Y eso, al fin y al cabo, es el mejor título de todos.

jaime.rincon@marca.com

El Stade Reims del "football champagne"

EQUIPOS DE LEYENDA

Uno de los múltiples tópicos que se barajan en este deporte habla de la facilidad para pasar al olvido o de la distante relación que el fútbol tiene con la justicia. “El fútbol tiene muy poca memoria”, se asevera con frecuencia. Una verdad indiscutible que bien conoce el Stade Reims francés, equipo que marcó profundamente a quien le vio pero del que hoy en día no se cuentan batallitas por culpa de dos finales europeas.

Hubo una vez en el que el Stade Reims fue grande, muy grande. Sólo la mala fortuna de coincidir con otro colectivo formidable, el formado por el Madrid de Di Stéfano, evitó que inscribiera su nombre con letras de oro en los anales de la historia futbolística.

Batteux y el “football champagne”
Como en toda leyenda, existen ciertos protagonistas que marcan el guión y acaparan los focos. Es el caso de Albert Batteux, centrocampista con cierto nivel en el Stade Reims que colgó las botas por el banquillo en 1950. Con Batteux arrancó la etapa dorada del club en la que la clara apuesta preciosista del técnico galo desembocó en la conquista de numerosos títulos. El Stade Reims conquistó los ‘Championat’ de 1953 y 1955.

La utilización de paredes, el abuso de combinaciones cortas y juego siempre a ras de suelo provocaron que al estilo que ese colectivo desplegaba sobre un terreno de juego se le acuñara el término “football champagne”, dado que la producción mayoritaria de ese vino espumoso se encuentra en la región donde reside el club. Un fútbol exquisito y llamativo en el que la obsesión por el control de la posesión era tal, que fue el primer equipo en añadir un nuevo concepto a los saques de esquina. El córner "à la rémoise" (así se le definió), o lo que es o mismo, sacar en corto y descartar como primera opción el balón colgado al área.

La apuesta por la técnica que hizo Batteux creo un ambiente oportuno para que jugadores como Jonquest, Giraudo, Leblond o Bliard explotaran sus excelentes cualidades. Varios escalones por encima estaba Raymond Kopa. Aquel menudo delantero de regate fácil y desborde voraz encontró la confianza y libertad que necesitan los genios para brillar en Batteux. Las críticas desde fuera que Kopa recibía por su individualismo y dificultad para jugar al primer toque fueron cortadas de raíz por su técnico cuando, en un cara a cara, le advirtió con rotundidad: “El día que no dribles más te echo del equipo”.

El Madrid se cruza en el camino
Era 1956 y la máxima competición internacional daba sus primeros pasos. Justo un año antes, el equipo francés se había quedado a las puertas de la gloria internacional perdiendo la final de la Copa Latina (anterior versión de la Copa de Europa) ante el Real Madrid. El Stade Reims se plantó en la final invicto. Pero allí, en el partido decisivo, en su territorio, ante casi 40.000 espectadores en el Parque de los Príncipes, el Stade Reims puso la primera piedra para construir esa leyenda de eterno segundón.

Y eso que el inicio fue arrollador. A los diez minutos de partido el conjunto galo ganaba por 2-0 gracias a los tantos de Michel Leblond y Jean Templin. Se visualizaba la celebración, el éxtasis y los cánticos de un Parque de los Príncipes entregado hasta que al Madrid le dio por reaccionar. Llegó a empatar, y aunque Michel Hidalgo volvió a poner por delante al Reims, el vendaval blanco se había desatado. A once minutos del final, Rial culminaba la remontada (3-4) y dejaba a los de Batteux sumidos en una profunda depresión.

Por si no bastara con el daño infligido, el Madrid dejaba al año siguiente a su rival sin su máxima estrella. La destacada actuación de Kopa en la final de París asombró a Bernabéu, que no dudó en hacer lo posible por conseguir su fichaje. Sin Kopa y con la herida europea aún abierta, lo normal hubiera sido sumirse en una profunda decadencia. Y probablemente ése habría sido su destino de no ser por la llegada al equipo de otro mito del fútbol francés: Just Fontaine. El veloz y eficaz punta venía de deslumbrar en el Niza y, pese a su corta trayectoria y escaso prestigio, cumplió a la perfección con el tremendo vacío de liderazgo que dejó Kopa a su marcha.

Adiós al desborde, bienvenido remate
Poco tenían que ver las características de uno y otro, dado que mientras el nuevo jugador del Madrid destacaba por su habilidad en el regate y tremendo recorrido, Fontaine era un excelso rematador, con una velocidad gestual que le permitía adelantarse al rival en el golpeo y un sorprendente salto de cabeza. Esto último fue incluso reconocido con cierta ironía por el propio jugador. “Salto tanto para rematar de cabeza que cuando bajo tengo nieve en el pelo”. El caso es que con Fontaine y un par de retoques más, el Stade Reims volvía alcanzó un exitoso ‘doblete’ en 1958 conquistando Copa y Liga. La oportunidad de regresar a Europa había llegado.

El camino, esta vez, no iba a ser tan cómodo. En cuartos de final tuvo que aparecer Fontaine con el tiempo cumplido para resolver ante el Standard de Lieja. En semifinales, el Young Boys suizo ofreció mayor resistencia de la esperada. El rival en la final, no podía ser otro, era de nuevo el Madrid de Di Stéfano.

El Madrid llegaba al Neckarstadion de Stuttgart en una posición más fuerte que en su primer encuentro tres años atrás. Europa estaba a los pies del conjunto blanco, dominador absoluto de la competición hasta entonces. El Reims, además, no estaba al nivel de antes. Enrique Mateos y Di Stéfano destrozaron, de nuevo, los sueños de un equipo que, sin saberlo, no volvería a verse en una igual.

El consuelo se encontró en casa. La liga francesa volvió a caer del lado del Reims en 1960. Europa ya era otra historia y la aventura se limitó a una derrota discreta ante el Burnley en octavos. El final de un ciclo se veía venir y la señal de ese cambio llegó en un partido ante el Sochaux, donde Fontaine sufrió una gravísima lesión que le mantuvo apartado durante una buena temporada de los terrenos de juego. Doble fractura de tibia y peroné. Casi nada. Reapareció a comienzos de 1961 pero en el partido de su regreso la pierna se le fue en una jugada fortuita y esa segunda lesión le forzó a la retirada.

Fue el punto de inflexión en un equipo que empezaba a pedir una renovación lógica e inevitable. Aún llegó el campeonato de 1962, con el que Albert Batteux se despedía tras doce temporadas de servicio al club. Al menos ese Stade Reims tuvo un final dulce. Al bajarse el telón de aquella trabajada y romántica obra sonaron los aplausos. Justo el premio que Batteux y el Stade de Reims de aquella época buscaron por encima de cualquier cosa. El materialismo queda para otros.

jaime.rincon@marca.com

El Peñarol del quinquenio y Alberto Spencer

EQUIPOS DE LEYENDA

El Peñarol de 1966 que conquistó la Copa Libertadores y la Intercontinental

El Peñarol de 1966 que conquistó la Copa Libertadores y la Intercontinental

Hablar de Uruguay es hablar de fútbol. La pasión, entrega e ilusión con la que se vive este deporte entre los charrúas viene de lejos. Concretamente, de los años 30 y 50 cuando el combinado nacional se coronó rey del mundo. De eso y, entre otras cosas, de las gestas que Peñarol protagonizó en la década de los 60. "Serás eterno como el tiempo y florecerás en cada primavera" rezan las pancartas en las gradas del Centenario. Y así fue durante muchos años por aquella época, donde los 'manyas' dominaron Uruguay, Sudamérica e incluso el panorama futbolístico mundial.

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Alberto Spencer anotó 113 goles con los carboneros

El nombre de 'manya' viene de una curiosa historia acaecida en 1914. Carlos Scarone, ex de Peñarol, había regresado de Argentina para jugar en el eterno rival, Nacional. Al término del partido, Scarone, que salía derrotado ante su ex equipo, contestó a las críticas de su padre con la siguiente frase: "¿A qué me iba a quedar en Peñarol? ¿A comer mierda (mangiare en italiano)…?".

De ahí el apodo a un equipo que vivió su etapa dorada a finales de los años 50 y que llegó hasta casi una década después. Hubo dos periodos bien diferenciados, similares en cuanto a éxitos, en los que los también conocidos como 'carboneros' levantaron ocho campeonatos de liga, tres Libertadores y dos Intercontinentales. Un éxito irrepetible hasta la fecha.

Las alegrías arrancaron en 1958 con Roberto Scarone al frente del conjunto aurinegro y un elenco de grandes futbolistas como el meta Luis Maidana, Tito Gonçalves, Cubilla, Hohberg, Montaño... un equipo que mezclaba oficio y calidad y que dejó multitud de partidos y anécdotas para el recuerdo. Una de ellas la narrá así el gran Elio Montaño, famoso por narrar las jugadas en medio de los partidos. "Peñarol era un gran equipo, agarrábamos a los chicos en Montevideo y ya en el primer tiempo nos poníamos tres, cuatro o cinco a cero. Entonces, en la cancha embromábamos. Una tarde en el Centenario contra Rampla Juniors un defensor de ellos me tiró al suelo con una patada terrible y yo corté una mata de pasto, me paré y le digo ¡Tomá caballo, comé! El árbitro se cagaba de risa…".

La llegada de Spencer
Pero, sin duda, el factor diferencial llegó a finales del 59, cuando Carlos Linazza y Alberto Spencer se incorporaron al plantel charrúa. Dos grandes incorporaciones que, gracias a las gestiones de Washington Cataldi, pudieron disputar el partido de desempate de la liga del 59 que se celebró en marzo un año después. Pese a desembarcar en Montevideo después de esa temporada, pudieron contribuir al segundo título consecutivo tras ganar a Nacional en el encuentro decisivo.

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Abbadie, Sacía, Moacír, Spencer y Joya, los delanteros de principios de los 60

El Tito Gonçalves, peso pesado y leyenda de Peñarol, contaba así la llegada del genial delantero ecuatoriano que marcaría una época en el club aurinegro: "Cuando vino a Peñarol, cobraba y no se defendía. Hasta que un día lo agarré y le dije: `Mirá Alberto, tenés que acerte acreedor a una falta, que te expulsen una vez, para que todos los defensores uruguayos se enteren que vos también metés de vez en cuando!´.Ese domingo jugábamos con Fénix. Le pedí a Lito Silva que le tirara una pelota larga para dividir, y a Spencer se le fué la mano: metió un planchazo y le rompió ligamentos rodilla a un rival. Yo no le había pedido tanto, porque una cosa es meter y otra lesionar. Pero desde ese día lo trataron distinto".

Bajo el inaudito olfato goleador del ecuatoriano Peñarol alcanza una hegemonía irrefutable en Sudamérica. Como no podía ser de otra manera, los 'manyas' se alzaron con la primera Copa Libertadores de la historia (1960) tras ganar por la mínima en casa al Olimpia de Paraguay (gol de Spencer) y empatar 'in extremis' en el choque de vuelta con un gol de Cubilla a siete minutos del final. Sólo el Madrid de Di Stéfano, en la disputa de la Intercontinental, consigue frenar al conjunto de Scarone con un contundente 5-1 en el Bernabéu tras el empate sin goles de la ida.

La siguiente temporada, con la llegada de Joya y Sacía, Peñarol vuelve a levantar la Libertadores al ganar por la mínima a Palmeiras en casa, otra vez con gol de Spencer, y empatar en Brasil a uno con tanto de Cubilla. Para la siguiente Intercontinental no esperaba el Madrid, sino el Benfica de Eusebio. Los chicos de Scarone caen en Portugal (1-0) pero golean en Montevideo (5-0). En el desempate, un doblete de Sacía otorga a Peñarol la primera Intercontinental de su historia.

Sería la despedida de Roberto Scarone y el final a una época que rubricó Bela Guttman en 1962 con la obtención del famoso quinquenio (cinco títulos consecutivos). El prestigioso técnico húngaro dejó el equipo a media temporada por problemas de salud y regreso para el tramo final, siendo Pelegrín Anselmo la cabeza visible del banquillo durante su ausencia. A partir de entonces, Peñarol iniciaba un nuevo camino.

El que fuera portero de Uruguay en el famoso 'Maracanazo', Roque Maspoli, se hacía cargo del equipo. El carismático ex guardameta charrúa recupero a Julio César Abbadie, a sus 32 años, para la causa y varias temporadas después se deshizo de Sacía a través de un trueque con Rosario, en el que Cortés recalaba en Peñarol. Sobre Abbadie, otro mito, el 'Bocha Maciel', contaba en una ocasión: "Una vez en pleno enero, le dije: 'con este calor está difícil para correr' y me replicó `hago tres carreras, dos centros, Spencer mete dos goles y está el partido liquidado, después no corro más'".

Con el 'Chiquito' llega la tercera Libertadores
Se ganaron los campeonatos nacionales del 64 y el 65 y se llega a la final de este último año en la Libertadores con la aparición estelar de Ladislao Mazurkiewicz. El 'Chiquito' (apodado así por ser el menor de cinco hermanos) se da a conocer en la semifinal con una actuación estelar ante el Santos de Pelé, que llegó a felicitar al propio guardameta al final del partido. El considerado sucesor de Lev Yashin (en palabras del propio meta soviético), sin embargo, no fue suficiente para ganar en la final en el partido de desempate a Independiente.

La decepción, a la vista está, no duró mucho. Peñarol se tomó su revancha particular al año siguiente, y de qué manera. Conquistó la Libertadores y llegó la leyenda. Tras ganar 2-0 en casa a River, cae 3-2 en El Monumental y se va al desempate. En ese tercer partido, River gana 2-0 y Peñarol está muerto... hasta que llega la fanfarronería de Carrizo, que decide controla un balón con el pecho y despertó la ira de los de Maspoli. Los 'manyas' empataron el choque y terminaron ganando con dos goles en la prórroga la que sería su tercera Copa Libertadores.

El broche de oro llegó con la Intercontinental, donde Peñarol se tomó la revancha ante el Real Madrid. 2-0 en Montevideo e idéntico resultado en el Bernabéu para poner fin a la etapa más gloriosa de su historia.

jaime.rincon@marca.com

Il Grande Torino

EQUIPOS DE LEYENDA

El once inicial del gran Torino

El once inicial del gran Torino

Hubo un tiempo en el que el Calcio fue el ejemplo del fútbol total. Un día no muy lejano en el que cualquier atisbo del 'catenaccio' se alejaba radicalmente de la liga italiana. Un equipo al norte de Italia combatía la época de decadencia con un juego alegre y atrevido. Pero esa batalla llena de entusiasmo y felicidad se convirtió en un derrota desdichada y trágica.

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Así quedo el Fiat N.212 tras estrellarse contra la Basílica de Superga

Il Grande Toro perdió un partido que nunca quiso jugar aquel 4 de mayo de 1949. Pasadas las 5 de la tarde sonó el pitido final sin que ese equipo de leyenda pudiera tener la más mínima opción de ganar. Sus ilusiones, esperanzas o ambiciones murieron cuando aquel avión trimotor Fiat N.212 se estrelló contra la cúpula de la Basílica de Superga, a 20 kilómetros de Turín.

En el desastre fallecieron todos los pasajeros. 33 personas entre las que se encontraban los dieciocho futbolistas de aquél mágico Torino. El equipo que presidía Ferruccio Novo volvía de jugar un partido homenaje a José Ferreira, capitán del Benfica, en Lisboa. Un fuerte temporal y una espesa niebla les tenía guardado un inesperado aterrizaje a su regreso.

Nadie sobrevivió al impacto. Nadie salvo dos futbolistas que, por distintas razones, no subieron a ese maldito avión. El mítico Ladislao Kubala fue uno de ellos. El futbolista húngaro que más tarde se convertiría en una estrella mundial tuvo que permanecer en Lisboa porque su hijo había enfermado.

El otro superviviente de aquella plantilla fue Sauro Tomá, un lateral izquierdo procedente del modesto La Spezia que acababa de fichar por el Torino con 23 años. "El míster, Leslie Lievesley nos había dicho a Valentino Mazzola y a mí que nos cuidáramos de las lesiones antes de viajar. Mazzola no estaba bien del todo, pero podía jugar y viajó. Yo tenía problemas en la rodilla y el entrenador me aconsejó que me quedara en casa. Me sentí el hombre más desdichado de Turín. Todo el Torino viajó a Lisboa, y yo me quedé en casa, lesionado". Son palabras de aquel joven futbolista que sería ya recordado como el defensa más afortunado del mundo.

Se quedó con las ganas de jugar en un equipo legendario, único e irrepetible. Son muchos los que apuntan que si la historia de aquel equipo no hubiera terminado de manera repentina hoy quizá no existiera el 'catenaccio'. Puede que tampoco la Juve fuera el peso pesado que es actualmente en el Calcio. Y seguramente el 'Maracanazo' no hubiera tenido lugar. Suposiciones que son eso, meras hipótesis.

Un acto de justicia
Pero el Torino sí fue real. Un equipo que jugaba con tres defensas y que practicaba un fútbol eminentemente ofensivo y arriesgado en el que sobresalía su capitán, Valentino Mazzola, por encima de todos. Se mantuvo invicto en su estadio, Filadelfia, durante 93 partidos y conquistó cinco 'Scudettos' de manera consecutiva. Llegó a golear al Milan (10-0) en una temporada, la 48-49, en la que las cifras muestran con nitidez el dominio que el Toro ejercía por aquel entonces: 125 goles a favor y 33 en contra con 16 puntos de ventaja sobre el segundo clasificado.

Una hegemonía que llegó hasta ese 4 de mayo de 1949. En aquella campaña, el Torino comandaba la clasificación a falta de cuatro jornadas hasta que sucedió la tragedia. En un acto de justicia, el Calcio le otorgó aquel campeonato en el que jugó el resto de partidos con el equipo juvenil frente a unos rivales que, por respeto, también emplearon a los jugadores de sus categorías inferiores.

Pero si el Torino se quedó tocado anímica y deportivamente, no menos duro resultó para el combinado nacional. En un equipo dirigido por Vittorio Pozzo, la plantilla del Toro monopolizaba las alineaciones del combinado nacional. El puesto de portero era el único que se libraba de ese acaparamiento turinés.

Con el desastre, en el que el propio Vittorio Pozzo tuvo que reconocer los cuerpos de los futbolistas, terminó una floreciente etapa del fútbol italiano. Más de 500.000 personas acompañaron al Torino en su adiós. En el mismo orden en el que salían al campo fueron anunciados los ataudes a la entrada de la Catedral de Turín. Cuando entró Mazzola el silencio se apoderó de Turín, de Italia y del mundo del fútbol. El gran Torino, lamentablemente, nos había dejado para siempre.

jaime.rincon@marca.com

El Liverpool de Paisley y la Europa 'red'

EQUIPOS DE LEYENDA

Bob Paisley posa con las tres Copas de Europa que obtuvo como técnico

Bob Paisley posa con las tres Copas de Europa que obtuvo como técnico

"El fútbol no es cuestión de vida o muerte. Es mucho más que eso". Con esta frase pronunciada por el gran Bill Shankly se podría resumir la historia de un club, de un sentimiento y de la actitud de un elenco de figuras que llevaron al Liverpool a una época dorada en la que Inglaterra y Europa estuvieron a sus pies.

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Ray Clemence, Kevin Keegan y Bob Paisley tras la final de Roma de 1977

Cuando se recuerda a ese Liverpool de la década de los 70 y primeros de los 80 se habla del Liverpool de Bob Paisley. Y, sin duda, en gran medida lo fue. Pero ese equipo glorioso que conquistó cuatro Copas de Europa en siete años echó sus raíces de la mano del mítico Bill Shankly, tuvo su apogeo con Paisley y acabó con Joe Fagan. El denominador común fue una pasión y un amor por el fútbol que tuvo su extensión en el campo, con jugadores como Neal, Callaghan, Keegan, Souness, Dalglish, Whelan o Ian Rush, y en la grada, otorgando a Anfield ese misticismo que se le reconoce hoy en día.

Si hubiera que marcar un fecha de inicio o acotar esa etapa gloriosa en las orillas del Mersey, quizá debieramos marcar el punto de salida en la temporada 72-73, la última de Shankly al frente del proyecto 'red'. El legendario técnico sumó su octavo título de Liga y saboreó, por primera vez en la historia del club, las mieles del éxito europeo, derrotando a otro de los grandes dominadores de la época en el viejo continente, el Borussia Monchengladbach.

Keegan y la primera 'Orejona'
El listón estaba alto, pero Paisley lo superó, y con creces. El segundo de a bordo se convertía en la cabeza visible del ilusionante proyecto 'red'. Lejos de revoluciones y posibles ataques de ego por impregnar su sello, este inglés de Sunderland se limitó a dar continuación a una fórmula que garantizaba el éxito. El triunfo, por encima de todo, de un estilo basado en el pundonor, la ambición y la verticalidad.

Ésas fueron las señas de identidad de un equipo que tuvo su primera prueba de fuego en la final de 1977. Enfrente, el temible Monchengladbach de Vogts, Stielike, Heynckes o Simonsen. Superior en juego y calidad pero, como se demostró, por debajo en cuanto a la mentalidad y la fe de un equipo liderado por Kevin Keegan que conquistó el Olímpico de Roma y levantó su primera Copa de Europa.

El primer inconveniente serio para ese paraíso en el que se había convertido Merseyside llegó pocos meses después. En una época donde el romanticismo minimizaba la trascendencia del dinero, la chequera del Hamburgo se impuso al entusiasmo imperante y Kevin Keegan abandonó Anfield. La respuesta fue la llegada de dos escoceses que se terminarían convirtiendo en leyendas del club: Graeme Souness y Kenny Dalglish.

Con las nuevas incorporaciones y manteniendo gran parte del bloque de Roma, el Liverpool repitió hazaña justo un año después, aunque en esta ocasión el hecho de jugar en Wembley y ante el Brujas, les otorgaba la condición de favoritos. En un choque dominado de principio a fin por los de Paisley, un solitario tanto de Dalglish marcó la diferencia.

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Los jugadores del Liverpool con la Copa de Europa de 1978

Joe Fagan, el legado de Paisley
El idilio establecido con Europa se rompió una temporada después, cuando el sorprendente Nottingham Forrest de Brian Clough se cruzó en su camino. Hubo que esperar hasta la temporada 80-81 para volver a presenciar el paseo triunfal del equipo 'red' por el viejo continente. Esta vez fue en París, y ante el Madrid de la cantera, aquel que se conoció como "el de los García". Precisamente uno de ellos, García Cortés, propició con su error el único tanto del partido, obra de Alan Kennedy.

Sería la última vez que Paisley se sentara en el banquillo 'red' en una final de la competición continental. En 1983, y como hiciera Shankly con él casi diez años atrás, el bueno de Bob dejó el club en manos de su segundo, Joe Fagan. Comenzaba un cambio de ciclo en el que los Neal, Hansen o Dalglish vivían sus últimos momentos como jugadores 'reds' y otros como el irlandés Whelan o el gran Ian Rush entraban en escena. Un relevo que tuvo especial importancia en la portería, donde el mito Clemence dejaba sus guantes al controvertido portero sudafricano Bruce Grobbelaar.

Habría que esperar al 30 de mayo de 1984 para comprobar la trascendencia de ese cambio en la portería. De nuevo, el Olímpico de Roma. Esta vez, el anfitrión como rival. La Roma de Falcao, Tancredi, Conti...un equipo, como ocurriera en el 77, superior técnicamente. El partido se decidió en los penaltis, donde Groobelaar protagonizó uno de los momentos más curiosos de la historia del Liverpool.

El partido terminó con empate y el título tuvo que decidirse en los penaltis. Allí apareció el genial portero sudafricano, que pasó a la historia por la actuación después conocida como ’spaghetti legs’. Con sus gestos provocó que Conti y Grazziani erraran desde los once metros. El espíritu de Shankly y Paisley seguía vigente.

Para muestra de ello, dos leyendas que circulan sobre aquella final. La primera cuenta que los jugadores del Liverpool, a su regreso de Bucarest tras disputar la semifinal, se enteraron de su rival y respondieron con cánticos a favor de la Roma. Su motivación era única. En la segunda, queda muy claro el espíritu de este equipo. Esto fue, al parecer, lo que Fagan dijo a sus jugadores en los instantes previos a saltar al verde del Olímpico: "Jugarán con once para no partir con desventaja. Nosotros debemos pasársela a uno con camiseta roja, atrás rompernos los cojones y si se puede, cuando estemos cerca del área, chutar y marcar un gol".

Fue el final heroico de una epoca de leyenda. La tragedia de Heysel un año después en esa fatídica final con la Juve se considera como el verdadero punto final de aquel histórico Liverpool. Otros, en cambio, prefieren obviar aquella tragedia y la posterior sanción y pensar que, como cualquier historia de fantasía, ésta también tuvo un final feliz.

jaime.rincon@marca.com

La Máquina de River Plate

EQUIPOS DE LEYENDA

Los integrantes de 'La 'Máquina' Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau

Los integrantes de 'La 'Máquina' Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau

 Juan Carlos Muñoz: 184 partidos - 39 goles · José Manuel Moreno: 321 partidos - 179 goles · Adolfo Pedernera: 288 partidos - 130 goles · Ángel Labruna: 514 partidos - 292 goles · Félix Loustau: 367 partidos - 101 goles

El éxito no es eterno. Una realidad que encuentra en el fútbol su máxima expresión. Etapas de leyenda, generaciones históricas o equipos míticos han visto como en sus geniales trayectorias hubo momentos para la decepción o la sorpresa. Cualquiera puede perder. Nadie es perfecto. Pero son esos momentos intermitentes de extrema lucidez o las fugaces apariciones de enorme plasticidad las que le otorgan tan difícil condición. Y así ocurrió con el River Plate de primeros de los 40. Efímero pero inolvidable.

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Pizarra que explica los movimientos del quinteto, guardada en el museo de River

'La Máquina', como le bautizaría el periodista Eduardo Lorenzo Borocotó tras una goleada sobre el Chacarita (6-2) en junio de 1942, sólo tuvo 18 partidos para demostrar su perfecto engranaje. Juan Carlos Muñoz, José Manuel 'el Charro' Moreno, Adolfo 'el Maestro' Pedernera, Ángel 'el Feo' Labruna y Félix 'Chaplin' Loustau apenas coincidieron en una veintena de partidos. Suficiente para dejar huella. Quizá la más grande en la historia del club de Millonarios.

Su fútbol de desborde y velocidad, cimentado en el juego de toque y constante movilidad sentó las bases de lo que hoy en día se conoce como el fútbol moderno. Dos mediapuntas, dos extremos y un delantero. O lo que es lo mismo, Muñoz y Pedernera como iniciadores, Moreno y Loustau en el papel de asistentes y Labruna como referente goleador.

La convivencia de estos cinco talentos en El Monumental duró realmente tres años, de 1942 a 1944, en los que River Plate ganó dos campeonatos. Bajo el mando de Renato Cesarini emergióese quinteto de leyenda que, curiosamente, jamás pudo juntarse en un clásico ante Boca. Pero eso ya es otra historia. Como decíamos, las aventuras de este mágico abanico de jugadores arrancó en 1942, concretamente un 28 de junio en el choque ante Platense en El Monumental. Fue la primera vez que los cinco se encontraron sobre el verde.

El verdadero origen
Sin embargo, hay que remontarse a la temporada anterior para encontrar el verdadero origen de 'La Máquina'. En ella, Cesarini 'marea' al gran Pedernera con continuos cambios de posiciones e incluso numerosas suplencias en favor de D'Alessandro o Deambrossi. Carlos Peucelle, el que más tarde sería considerado como el creador de ese majestuoso River, convence tras una enorme insistencia a Cesarini de situar al 'Maestro' en un posición más retrasada y en lugar de jugar de delantero le sitúa en lo que por entonces se conocía como un 'centroforward'. A pesar de ganar a Independiente (2-1), con gol de Pedernera incluido, Cesarini le devuelve al ostracismo. Se repite el episodio justa una vuelta después, de nuevo ante Independiente, y River gana 4-0 con tres tantos de Pedernera. 'La Máquina' arrancaba...

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Félix Loustau: 101 goles en 367 partidos con River

Con la llegada de Félix Loustau en 1942 se completa el pentagono de la soltura y la alegría, de las múltiples combinaciones y posesiones interminables, de los conocidos como 'Caballeros de la Angustia'. Un apodo que uno de sus protagonistas, Juan Carlos Muñoz, explicaba de esta manera: "Salíamos al campo y jugábamos nuestra táctica: tomad la bola, dámela a mí, una gambeta, esto, lo otro y el gol venía solo. Generalmente el gol tardaba en llegar y la angustia era porque los partidos no se definían pronto. Dentro del área claro que queríamos hacer gol, pero en el centro del campo nos divertíamos. No había prisa".

Junto a ellos, unos actores secundarios que también forjaron la historia de este River legendario. José Soriano, el portero y capitán, apodado 'el Caballero del Deporte' por sus buenos modales con los árbitros y el modelo que tomaría el mítico Amadeo Carrizo en sus inicios. También estaba Vaghi, pionero en hacer el fuera de juego, o Yácono, conocido como la 'Estampilla' por pegarse como tal al gran Chueco García en el día de su debut...futbolistas increíbles que se quedaron en segundo plano por meras cuestiones estéticas.

Un grupo peculiar
Por delante de ellos había un grupo pintoresco capaz de cualquier cosa, tanto dentro como fuera del terreno de juego. Con la suficiente gallardía como para empatar con diez en La Bombonera para ganar el campeonato del 42 y la sorprendente naturalidad de reconocer, como en el caso del 'Charro' Moreno, su gusto por las salidas nocturnas. "Sí, me gusta la noche, ¿y qué? No me vengan con eso de que tome leche; la vez que tomé leche jugué mal".

Sus actuaciones, gestos, actitudes o declaraciones no dejaron indiferente a nadie. En la historia está ya, por ejemplo, la imagen de Labruna tapándose la nariz (en referencia a los bosteros) al pisar el césped de La Bombonera, Personajes peculiares como Loustau, al que Pedernera tuvo que ir un día a buscar a su casa minutos antes de un partido y se lo encontró barriendo el salón. "Es que me casé, ahora iba a comer algo y enseguida salgo para la cancha", le espetó el bueno de 'Chaplin'.

No tuvieron una hegemonía incontestable durante varios años ni amasaron títulos como otros equipos de época. Sencillamente, no les hizo falta para dejar una marca indeleble en la memoria de los aficionados argentinos. Fue, como bien apuntó el propio Renato Cesarini, "el mejor equipo que se pudo construir, una verdadera obra maestra".

jaime.rincon@marca.com

El Budapest Honved de Puskas y los Mágicos Magyares

 EQUIPOS DE LEYENDA

La selección húngara conocida como el Equipo de Oro o los Mágicos Magyares

La selección húngara conocida como el Equipo de Oro o los Mágicos Magyares

Hoy en día el término de "fútbol total" se acuña a aquellos equipos que practican un juego ofensivo donde el gusto por las combinaciones rápidas y la constante movilidad de los futbolitas son pilares fundamentales en su manera de entender el desarrollo del juego. Sin embargo, pocos o casi ninguno conocen el origen de esta filosofía. Para encontrar el germen de esta atractiva propuesta hay que remontarse a la década de los 50, donde Hungría se convirtió en el epicentro del seísmo futbolístico.

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Zoltan Czibor a su llegada al Honved

Si bien la intención de este serial es repasar aquellos equipos que pasaron a la historia a nivel de clubes, en esta ocasión resulta imprescindible unir la leyenda de aquel mágico Budapest Honved a la de la selección húngara de los años 50. Los éxitos de uno fueron la consecuencia del otro y, a grandes rasgos, los protagonistas fueron los mismos.

A nivel regional, el camino hacia la leyenda arrancó en 1949. En ese momento, el hasta entonces conocido como Kispest de Budapest pasó a llamarse Budapest Honved cuando el ministerio húngaro de defensa tomó el control del club. Varios jugadores obtuvieron la graduación militar y el gobierno se encargó de recopilar a las máximas figuras el país en torno a un mismo escudo. Futbolistas como Grosics,BudaiCziborLorant Kocsis acudieron a la llamada de un equipo donde la figura de Ferenc Puskas comenzaba a emerger.

El resultado no se hizo esperar y el club ganó el campeonato doméstico en cinco ocasiones del 50 al 56, con Puskas proclamándose máximo goleador del torneo hasta en tres ocasiones. Sólo la ausencia de torneos internacionales impidió que el Honved extendiera su hegemonía al resto de Europa. Más adelante llegaría la oportunidad, pero ése sería el principio del fin.

El oro de Helsinki
Al mismo tiempo que el Honved conquistaba Hungría, el combinado nacional hacía lo propio a escala internacional. La primera gesta importante llegó en los Juegos Olímpicos de Helsinki en 1952. El equipo dirigido por Gusztav Sebes se paseó hasta la final, donde los goles de Puskas y Czibor acabaron con la correosa Yugoslavia.

Con el oro al cuello llegó la confirmación de una etapa dorada en la que mucho tuvo que ver el mencionado Gusztav Sebes. Socialista convencido y viceministro de deportes en su país, la idea de ver que todos los jugadores tenían el mismo peso en el equipo con la solidaridad y el compromiso como elementos primordiales encajaba perfectamente en su ideología. Esclarecedoras resultaron las declaraciones de Gyula Grosics, el portero de aquella época: "Sebes estaba muy comprometido con la ideología socialista, y eso se podía palpar en todo lo que decía. De cada partido o competición importante hacía una cuestión política".

Un "fútbol socialista", como bautizó el propio Sebes, que quedaría grabado en la memoría de los ingleses para siempre. Aquel 26 de noviembre de 1953 Wembley asistió a una de las mayores exhibiciones futbolísticas de la historia. Inglaterra, que nunca había caído en casa ante una selección que no fuera de las Islas, sucumbió ante el impresionante despliegue ofensivo del "Equipo de Oro".

La Hungría de Sebes vapuleó a la mítica Inglaterra capitaneada por Billy Wright (3-6). El sistema a modo de W (dos mediocentros y dos extremos para acompañar al punta) con la variante en forma de M (el punta retrasaba su posición a modo de enganche) volvió loco a los ingleses, con el genial Nandor Hidegkuti como gran protagonista. Sin embargo, un gol sería especialmente recordado: uno de los dos de Puskas en el que se deshizo de Wright de manera magistral.

Un cronista del "The Times" reflejó el sentir general con una frase curiosa: "Wright se fue hacia él como un camión de bomberos que se dirige al incendio equivocado". Circula, además, el mito de que algún jugador inglés al ver a Puskas antes del partido afirmó: "Mirad a ese gordinflón. A éstos nos los cargamos". Pero la conclusión es que los Mágicos Magyares arrollaron a Inglaterra ante 100.000 testigos. Fue, como bien describiría el legendario Tom Finney poco después, un enfrentamiento entre "caballos de carrera contra caballos de tiro". Choque que se repetiría poco después en Hungría, con resultado similar (7-1).

Vista la trayectoria no era de extrañar que Hungría acudiera al Mundial de 1954 en Suiza como máxima favorita. Como ocurriera en los Juegos Olímpicos, el combinado húngaro se paseó hasta llegar a cuartos de final, donde esperaba la temible Brasil. El resultado fue un partido de los más violentos que se recuerdan en la historia del fútbol con tres expulsiones y tángana posterior en los vestuarios. Eso sí, Hungría pasó a semifinales.

Allí, la "Cabeza de Oro" fue suficiente para superar a Uruguay. "Cuando tenga una larga barba blanca, seguiré hablando de Kocsis, el hombre que apuntilló a Uruguay gracias a su juego de cabeza único en el mundo". Eran palabras de Roque Maspuli, el portero uruguayo en aquella semifinal. Kocsis, por cierto, acabaría siendo el máximo goleador del Mundial con once dianas. En la final, contra todo pronóstico, Alemania remontaría un 2-0 en los diez primeros minutos para dar lugar a lo que hoy se conoce como "El Milagro de Berna". Fue, como apuntó Gusztav Sebes, una "cuestión de suerte".

La única derrota tras 32 partidos invictos. Tras la enorme decepción, Hungría y a menor escala el Honved continuaron su camino triunfal hasta que la política saltó al terreno de juego. En 1956, cuando el Honved estaba en Bilbao para disputar un partido de la Copa de Campeones de Europa, estalló la revolución en Budapest. Jugadores como Czibor, Kocsis o Puskas no regresarían a su país y esto supondría el fin para aquel "Equipo de Oro". El espectáculo de magia húngara se escondería, para siempre, tras el escenario.

jaime.rincon@marca.com