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Fútbol del Poniente Almeriense

Historias de Fútbol

El Liverpool de Paisley y la Europa 'red'

EQUIPOS DE LEYENDA

Bob Paisley posa con las tres Copas de Europa que obtuvo como técnico

Bob Paisley posa con las tres Copas de Europa que obtuvo como técnico

"El fútbol no es cuestión de vida o muerte. Es mucho más que eso". Con esta frase pronunciada por el gran Bill Shankly se podría resumir la historia de un club, de un sentimiento y de la actitud de un elenco de figuras que llevaron al Liverpool a una época dorada en la que Inglaterra y Europa estuvieron a sus pies.

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Ray Clemence, Kevin Keegan y Bob Paisley tras la final de Roma de 1977

Cuando se recuerda a ese Liverpool de la década de los 70 y primeros de los 80 se habla del Liverpool de Bob Paisley. Y, sin duda, en gran medida lo fue. Pero ese equipo glorioso que conquistó cuatro Copas de Europa en siete años echó sus raíces de la mano del mítico Bill Shankly, tuvo su apogeo con Paisley y acabó con Joe Fagan. El denominador común fue una pasión y un amor por el fútbol que tuvo su extensión en el campo, con jugadores como Neal, Callaghan, Keegan, Souness, Dalglish, Whelan o Ian Rush, y en la grada, otorgando a Anfield ese misticismo que se le reconoce hoy en día.

Si hubiera que marcar un fecha de inicio o acotar esa etapa gloriosa en las orillas del Mersey, quizá debieramos marcar el punto de salida en la temporada 72-73, la última de Shankly al frente del proyecto 'red'. El legendario técnico sumó su octavo título de Liga y saboreó, por primera vez en la historia del club, las mieles del éxito europeo, derrotando a otro de los grandes dominadores de la época en el viejo continente, el Borussia Monchengladbach.

Keegan y la primera 'Orejona'
El listón estaba alto, pero Paisley lo superó, y con creces. El segundo de a bordo se convertía en la cabeza visible del ilusionante proyecto 'red'. Lejos de revoluciones y posibles ataques de ego por impregnar su sello, este inglés de Sunderland se limitó a dar continuación a una fórmula que garantizaba el éxito. El triunfo, por encima de todo, de un estilo basado en el pundonor, la ambición y la verticalidad.

Ésas fueron las señas de identidad de un equipo que tuvo su primera prueba de fuego en la final de 1977. Enfrente, el temible Monchengladbach de Vogts, Stielike, Heynckes o Simonsen. Superior en juego y calidad pero, como se demostró, por debajo en cuanto a la mentalidad y la fe de un equipo liderado por Kevin Keegan que conquistó el Olímpico de Roma y levantó su primera Copa de Europa.

El primer inconveniente serio para ese paraíso en el que se había convertido Merseyside llegó pocos meses después. En una época donde el romanticismo minimizaba la trascendencia del dinero, la chequera del Hamburgo se impuso al entusiasmo imperante y Kevin Keegan abandonó Anfield. La respuesta fue la llegada de dos escoceses que se terminarían convirtiendo en leyendas del club: Graeme Souness y Kenny Dalglish.

Con las nuevas incorporaciones y manteniendo gran parte del bloque de Roma, el Liverpool repitió hazaña justo un año después, aunque en esta ocasión el hecho de jugar en Wembley y ante el Brujas, les otorgaba la condición de favoritos. En un choque dominado de principio a fin por los de Paisley, un solitario tanto de Dalglish marcó la diferencia.

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Los jugadores del Liverpool con la Copa de Europa de 1978

Joe Fagan, el legado de Paisley
El idilio establecido con Europa se rompió una temporada después, cuando el sorprendente Nottingham Forrest de Brian Clough se cruzó en su camino. Hubo que esperar hasta la temporada 80-81 para volver a presenciar el paseo triunfal del equipo 'red' por el viejo continente. Esta vez fue en París, y ante el Madrid de la cantera, aquel que se conoció como "el de los García". Precisamente uno de ellos, García Cortés, propició con su error el único tanto del partido, obra de Alan Kennedy.

Sería la última vez que Paisley se sentara en el banquillo 'red' en una final de la competición continental. En 1983, y como hiciera Shankly con él casi diez años atrás, el bueno de Bob dejó el club en manos de su segundo, Joe Fagan. Comenzaba un cambio de ciclo en el que los Neal, Hansen o Dalglish vivían sus últimos momentos como jugadores 'reds' y otros como el irlandés Whelan o el gran Ian Rush entraban en escena. Un relevo que tuvo especial importancia en la portería, donde el mito Clemence dejaba sus guantes al controvertido portero sudafricano Bruce Grobbelaar.

Habría que esperar al 30 de mayo de 1984 para comprobar la trascendencia de ese cambio en la portería. De nuevo, el Olímpico de Roma. Esta vez, el anfitrión como rival. La Roma de Falcao, Tancredi, Conti...un equipo, como ocurriera en el 77, superior técnicamente. El partido se decidió en los penaltis, donde Groobelaar protagonizó uno de los momentos más curiosos de la historia del Liverpool.

El partido terminó con empate y el título tuvo que decidirse en los penaltis. Allí apareció el genial portero sudafricano, que pasó a la historia por la actuación después conocida como ’spaghetti legs’. Con sus gestos provocó que Conti y Grazziani erraran desde los once metros. El espíritu de Shankly y Paisley seguía vigente.

Para muestra de ello, dos leyendas que circulan sobre aquella final. La primera cuenta que los jugadores del Liverpool, a su regreso de Bucarest tras disputar la semifinal, se enteraron de su rival y respondieron con cánticos a favor de la Roma. Su motivación era única. En la segunda, queda muy claro el espíritu de este equipo. Esto fue, al parecer, lo que Fagan dijo a sus jugadores en los instantes previos a saltar al verde del Olímpico: "Jugarán con once para no partir con desventaja. Nosotros debemos pasársela a uno con camiseta roja, atrás rompernos los cojones y si se puede, cuando estemos cerca del área, chutar y marcar un gol".

Fue el final heroico de una epoca de leyenda. La tragedia de Heysel un año después en esa fatídica final con la Juve se considera como el verdadero punto final de aquel histórico Liverpool. Otros, en cambio, prefieren obviar aquella tragedia y la posterior sanción y pensar que, como cualquier historia de fantasía, ésta también tuvo un final feliz.

jaime.rincon@marca.com

La Máquina de River Plate

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Los integrantes de 'La 'Máquina' Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau

Los integrantes de 'La 'Máquina' Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau

 Juan Carlos Muñoz: 184 partidos - 39 goles · José Manuel Moreno: 321 partidos - 179 goles · Adolfo Pedernera: 288 partidos - 130 goles · Ángel Labruna: 514 partidos - 292 goles · Félix Loustau: 367 partidos - 101 goles

El éxito no es eterno. Una realidad que encuentra en el fútbol su máxima expresión. Etapas de leyenda, generaciones históricas o equipos míticos han visto como en sus geniales trayectorias hubo momentos para la decepción o la sorpresa. Cualquiera puede perder. Nadie es perfecto. Pero son esos momentos intermitentes de extrema lucidez o las fugaces apariciones de enorme plasticidad las que le otorgan tan difícil condición. Y así ocurrió con el River Plate de primeros de los 40. Efímero pero inolvidable.

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Pizarra que explica los movimientos del quinteto, guardada en el museo de River

'La Máquina', como le bautizaría el periodista Eduardo Lorenzo Borocotó tras una goleada sobre el Chacarita (6-2) en junio de 1942, sólo tuvo 18 partidos para demostrar su perfecto engranaje. Juan Carlos Muñoz, José Manuel 'el Charro' Moreno, Adolfo 'el Maestro' Pedernera, Ángel 'el Feo' Labruna y Félix 'Chaplin' Loustau apenas coincidieron en una veintena de partidos. Suficiente para dejar huella. Quizá la más grande en la historia del club de Millonarios.

Su fútbol de desborde y velocidad, cimentado en el juego de toque y constante movilidad sentó las bases de lo que hoy en día se conoce como el fútbol moderno. Dos mediapuntas, dos extremos y un delantero. O lo que es lo mismo, Muñoz y Pedernera como iniciadores, Moreno y Loustau en el papel de asistentes y Labruna como referente goleador.

La convivencia de estos cinco talentos en El Monumental duró realmente tres años, de 1942 a 1944, en los que River Plate ganó dos campeonatos. Bajo el mando de Renato Cesarini emergióese quinteto de leyenda que, curiosamente, jamás pudo juntarse en un clásico ante Boca. Pero eso ya es otra historia. Como decíamos, las aventuras de este mágico abanico de jugadores arrancó en 1942, concretamente un 28 de junio en el choque ante Platense en El Monumental. Fue la primera vez que los cinco se encontraron sobre el verde.

El verdadero origen
Sin embargo, hay que remontarse a la temporada anterior para encontrar el verdadero origen de 'La Máquina'. En ella, Cesarini 'marea' al gran Pedernera con continuos cambios de posiciones e incluso numerosas suplencias en favor de D'Alessandro o Deambrossi. Carlos Peucelle, el que más tarde sería considerado como el creador de ese majestuoso River, convence tras una enorme insistencia a Cesarini de situar al 'Maestro' en un posición más retrasada y en lugar de jugar de delantero le sitúa en lo que por entonces se conocía como un 'centroforward'. A pesar de ganar a Independiente (2-1), con gol de Pedernera incluido, Cesarini le devuelve al ostracismo. Se repite el episodio justa una vuelta después, de nuevo ante Independiente, y River gana 4-0 con tres tantos de Pedernera. 'La Máquina' arrancaba...

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Félix Loustau: 101 goles en 367 partidos con River

Con la llegada de Félix Loustau en 1942 se completa el pentagono de la soltura y la alegría, de las múltiples combinaciones y posesiones interminables, de los conocidos como 'Caballeros de la Angustia'. Un apodo que uno de sus protagonistas, Juan Carlos Muñoz, explicaba de esta manera: "Salíamos al campo y jugábamos nuestra táctica: tomad la bola, dámela a mí, una gambeta, esto, lo otro y el gol venía solo. Generalmente el gol tardaba en llegar y la angustia era porque los partidos no se definían pronto. Dentro del área claro que queríamos hacer gol, pero en el centro del campo nos divertíamos. No había prisa".

Junto a ellos, unos actores secundarios que también forjaron la historia de este River legendario. José Soriano, el portero y capitán, apodado 'el Caballero del Deporte' por sus buenos modales con los árbitros y el modelo que tomaría el mítico Amadeo Carrizo en sus inicios. También estaba Vaghi, pionero en hacer el fuera de juego, o Yácono, conocido como la 'Estampilla' por pegarse como tal al gran Chueco García en el día de su debut...futbolistas increíbles que se quedaron en segundo plano por meras cuestiones estéticas.

Un grupo peculiar
Por delante de ellos había un grupo pintoresco capaz de cualquier cosa, tanto dentro como fuera del terreno de juego. Con la suficiente gallardía como para empatar con diez en La Bombonera para ganar el campeonato del 42 y la sorprendente naturalidad de reconocer, como en el caso del 'Charro' Moreno, su gusto por las salidas nocturnas. "Sí, me gusta la noche, ¿y qué? No me vengan con eso de que tome leche; la vez que tomé leche jugué mal".

Sus actuaciones, gestos, actitudes o declaraciones no dejaron indiferente a nadie. En la historia está ya, por ejemplo, la imagen de Labruna tapándose la nariz (en referencia a los bosteros) al pisar el césped de La Bombonera, Personajes peculiares como Loustau, al que Pedernera tuvo que ir un día a buscar a su casa minutos antes de un partido y se lo encontró barriendo el salón. "Es que me casé, ahora iba a comer algo y enseguida salgo para la cancha", le espetó el bueno de 'Chaplin'.

No tuvieron una hegemonía incontestable durante varios años ni amasaron títulos como otros equipos de época. Sencillamente, no les hizo falta para dejar una marca indeleble en la memoria de los aficionados argentinos. Fue, como bien apuntó el propio Renato Cesarini, "el mejor equipo que se pudo construir, una verdadera obra maestra".

jaime.rincon@marca.com

El Benfica de Bela Guttman y del gran Eusebio

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Eusebio durante un partido con el Benfica

Eusebio durante un partido con el Benfica

Dice la leyenda que si la famosa águila "Vitoria" del Benfica da dos vueltas al majestuoso estadio da Luz el conjunto lisboeta saborea el triunfo. Si la mascota lusa no limitara sus actuaciones a los partidos de casa, allá por los años 60, una cosa tendríamos clara: podría haberse cogido una baja por estrés laboral.

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Béla Guttman, técnico del Benfica durante tres temporadas

Bromas aparte, aquella época dorada del Benfica a principios de los años 60 es siempre recordada como la más exitosa del fútbol luso a nivel de clubes. Dos Copas de Europa y cinco finales del prestigioso torneo son razones suficientes para considerarlo así. No en vano, también a nivel de selecciones, Portugal realizó su mejor actuación en un Mundial con aquel tercer puesto de 1966.

Momentos mágicos que se forjaron alrededor de dos figuras únicas. La primera de ellas, la del histórico entrenador húngaro Béla Guttman. Un adelantado de su época, pionero en aquel 4-2-4 que inició al mando del MTK y que posteriormente tomarían como modelos grandes equipos como la Hungría del 54 o la Naranja Mecánica de los 70.

Tras su llegada en 1958 a tierras lusas y conquistar la liga con el Oporto en su primer año, el Benfica consiguió la jugada maestra de birlar a su eterno rival al genial entrenador. Pronto se demostró el acierto de su fichaje, al ganar el equipo lisboeta el campeonato doméstico en la 59-60. Pero no sería hasta 1961 cuando Guttman y su Benfica acapararan portadas a nivel mundial.

La primera final
Su particular carácter quedó plasmado con la espectacular limpia que hizo a su llegada al estadio da Luz. Guttman enseñó la puerta hasta a 20 jugadores y el Benfica arrancó un nuevo proyecto casi de cero. Basado en futbolistas africanos traídos de las colonias portuguesas de entonces, el Benfica se planta en su primera final europea en 1961 en Berna, donde espera el Barcelona de los Kubala, Luis Suárez, Czibor o Kocsis. La oportunidad de hacer historia ha llegado.

El que más tarde se conocería como Benfica Mozambique FC (por la numerosa presencia de jugadores de ese país) se impuso a los azulgrana por 3-2 en lo que se conocería como "la final de los palos cuadrados". Dos errores del mítico Ramallets y una sucesión de disparos del equipo español que se estrellaron en los palos resultaron decisivos para que el Benfica levantara su primera Copa de Europa. Después de ese partido, los palos dejarían de ser cuadrados.

Caprichos del destino, el Wankdorf Stadium de Berna volvía a ser un escenario trágico para los Zoltan Czibor y Sandor Kocsis. Así lo apuntó éste último al final del partido: "Ahora entiendo lo que pasó en el 54. Este césped está maldito para los húngaros".

Con Europa a sus pies, llega un momento crucial en la historia del club lisboeta. El origen de lo que marcaría la época más gloriosa del equipo luso se encuentra en una barbería de Lisboa, donde Béla Guttman recibe una recomendación de su amigo José Bauer, ex jugador al que entrenó en su época en el Sao Paulo. Ese consejo tiene nombre y apellidos: Eusebio Da Silva.

La Pantera entra en escena
Guttman le hace caso y se va a por ese chaval africano capaz de hacer los 100 metros en 11 segundos. Un portento físico al que le acompañan además unas cualidades técnicas notables. Tras una dura lucha con el Sporting de Lisboa, el Benfica se trae al jugador después de desembolsar 350.000 escudos al Lorenço Marques, su club de procedencia.

Su debut, con tan sólo 18 años, sería una premonición de lo que le esperaba al aficionado del Benfica. En París, durante un amistoso con el Santos de Pelé, Guttman decide darle sus primeros minutos con 3-0 por debajo en el marcador. Ni corto ni perezoso, ese joven fornido de raza negra se estrena con un rapidísimo 'hat-trick' que dejó de piedra al propio Pelé. 'O Rey' reaccionó y marcó dos tantos para que el Santos ganara por 6-3, pero Eusebio ya había dejado su sello.

Con la Pantera llegarían 10 ligas, 5 copas y otra Copa de Europa, título que levantaría en su primer año. Justo un año después de alcanzar la gloria en Berna, el Benfica repetiría sensaciones en Amsterdam. El rival esta vez era el Madrid de Di Stéfano, Puskas y Gento. Partido duro y complicado que iba camino de la prórroga con un 3-3 que Eusebio se encargó de romper.

Con un penalti y un tanto de falta puso un inalcanzable 5-3. Especialmente curioso fue ese gol de golpe franco, en el que Eusebio hizo gala de su famosa timidez y conocido respeto por los compañeros. La Pantera pidió, con su amabilidad habitual, a Coluna que le dejara lanzar la falta. "Senhor Mario, ¡déjeme lanzar este tiro de falta para que pueda marcar". Y marcó, ¡vaya que si lo hizo!. Fue la sentencia y la guinda a la segunda Copa de Europa consecutiva.

Ahí terminaría la exitosa etapa de Béla Guttman y la consiguiente sequía europea. El técnico húngaro pidió un aumento de sueldo que recibió como respuesta la rescisión de su contrato. Desafiante, Guttman sentenció: "Sin mí, este equipo nunca más ganará una final europea".

Lo que sonó a broma por el potencial que por entonces garantizaban los Simoes, Coluna, Aguas, Eusebio y cía se convirtió en una auténtica maldición. Llegarían más finales pero no habría más títulos. En el 63 ante el Milan, en el 65 ante el Inter de Luis Suárez, en la 68 contra el United de Charlton y ya más adelante en el 88 ante el PSV y en el 90 nuevamente frente al Milan de Sacchi, además de una final de UEFA. Precisamente en la última final ante los 'rossonero', la expedición al completo del Benfica, aprovechando que la final se jugaba en Viena, visitó el sepulcro de Guttman y realizó una ofrenda floral, esperanzado en anular una predicción que aún pesa como una losa en el club lisboeta. Ni siquiera Eusebio y su Benfica pudieron acabar con ella. Ni ellos ni nadie durante casi ya 50 años.

jaime.rincon@marca.com

Los potros de Mönchengladbach

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El Borussia Mönchengladbach de la década de los 70

El Borussia Mönchengladbach de la década de los 70

"El fútbol es un deporte que juegan once contra once y siempre gana Alemania". Esta sentencia, obra del inglés Gary Lineker, refleja las sensaciones que a lo largo de la historia han desprendido los equipos alemanes y, por extensión, el combinado nacional. No estarán muy de acuerdo en Mönchengladbach, donde el mejor equipo de su historia alcanzó el éxito en varias ocasiones pero se quedó a las puertas de reinar en Europa.

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Gunter Netzer charla con su técnico, Hennes Weisweiler

El conjunto alemán tuvo la mala suerte, como se verá a lo largo del reportaje, de coincidir con dos de los mejores equipos de la historia: el Bayern de Beckenbauer y elLiverpool de Paisley. Sólo esos desafortunados encuentros le apartaron de dominar Europa en la década de los años 70.

El Mönchengladbach fue la perfecta demostración de que los sueños de los modestos, a veces, se cumplen. En una ciudad con 200.000 habitantes, y por primera vez en la Bundesliga en 1965, tardó muy poco en montar un equipo de ensueño, joven y ambicioso, que plantó cara a los grandes del momento.

La etapa dorada arrancó bajo la dirección del genial Hennes Weisweiler, que fue capaz de dotar de un carácter y una disciplina inédita a un equipo plagado de jóvenes talentos como Berti VogtsRainer BonhofGunter Netzer Jupp Heynckes. Con ellos, llegaron las dos primeras Bundesligas, de manera consecutiva, en el 70 y el 71.

El 7-1 más injusto de la historia
Especialmente curiosa resultó la segunda, en la que se vivió una situación cómica y que afortunadamente para el Borussia no resultó decisiva para el campeonato. El Bremen visitaba el Bökelberg Stadium en la jornada 27 y en el minuto 88 se suspendía el choque al romperse el palo de una portería. Herbert Laumen, delantero del Gladbach, y Günter Bernard, portero del Bremen, caían sobre la red de la portería y el poste cedía de manera sorprendente. Al Gladbach le dieron el partido por perdido pero, a pesar de ello, terminaría proclamándose campeón por segunda vez en su historia.

El dominio en Alemania le llevó a la gran competición europea, donde la fortuna le fue esquiva. En una de las decisiones más polémicas de la historia de la Copa de Europa, en 1971, el equipo germano tuvo que repetir su partido de ida ante el Inter de Milán y caer posteriormente eliminado. El Gladbach le endosó un humillante 7-1 pero el impacto de un objeto en la cabeza del delantero del Inter, Boninsegna, en el minuto 30 provocó la repetición del choque en Berlín. Allí no se repitió el rodillo alemán y empataron sin goles para terminar perdiendo 4-2 en Italia. Hay quienes dicen que los italianos no se emplearon a fondo conscientes de que el partido no tendría validez, pero las imágenes de aquel choque hablan por si solas.

Tras la decepción llegaron varios años en blanco en los que el conjunto de Weisweiler se topó con la mejor versión del Bayern, liderado por Beckenbauer y el torpedo Müller, en Alemania y con el Liverpool de Keegan, en Europa. Ante los ’reds’ iniciaron su particular via crucis al caer en la final de la UEFA en 1973. Torneo que no se les resistiría dos años después. Ya sin Netzer, pero con los fichajes de Stielike y los daneses Jansen Simonsen, arrollarían al Twente en el partido de vuelta (0-0 en la ida) con un abultado 1-5 en el que Heynckes, con su ’hat-trick’, sería el gran protagonista.

Como anécdota de aquel partido, el meta del equipo holandés, el alemán Grob, es detenido en las horas previas al choque por no atender a sus dos primeras esposas. Finalmente pudo jugar pero ni él pudo evitar el rodillo alemán. Era la despedida de Weisweiler, que llegaría al banquillo del Barcelona la siguiente temporada.

Tomó el testigo el mítico Udo Lattek, con el que el Gladbach conquistaría tres ligas más y otra Copa de la UEFA. Sin embargo, ese equipo sería recordado por perder la final de la Copa de Europa ante el Liverpool de Keegan en 1977 y la Copa Intercontinental, ante la renuncia del conjunto ’red’, con Boca Juniors.

En un equipo que rebosaba talento con la claridad de Stielike, la profundidad de Heynckes y las genialidades de Simonsen, la decepción se instaló hasta 1979, cuando conquistó su segunda UEFA ante el Estrella Roja, ya sin Heynckes en el campo. Un año antes, nuevamente el Liverpool de Paisley les echaría de la Copa de Europa, esta vez en semifinales.

Con la salida de Simonsen, Balón de Oro en 1977, se da por cerrada una época única en Mönchengladbach con cinco ligas, dos Copas de la UEFA y dos Copas alemanas. Precisamente en el torneo del K.O se da la última decepción, cayendo ante el Bayern, en 1984, en la final en una tanda de penaltis en la que falló un joven Lothar Matthaus que un año después ficharía por el gigante alemán. Un triste final para un equipo que hace bueno ese dicho que asegura que "cualquier tiempo pasado fue mejor".

jaime.rincon@marca.com

El Madrid de Di Stéfano y las cinco Copas de Europa

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Di Stéfano posa con las cinco Copas de Europa

Di Stéfano posa con las cinco Copas de Europa

Hacer un serial sobre equipos de leyenda y no incluir al Madrid de las cinco Copas de Europa sería como ir a un estadio de fútbol y no ver bufandas o banderas del equipo local en cuestión. Vamos, totalmente inconcebible. Porque a cualquiera que le pregunten por un equipo que marcó una época, responderá como acto reflejo: el Madrid de Di Stéfano, el de las cinco copas consecutivas.

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Santiago Bernabéu junto a Alfredo Di Stéfano, en 1953

El rey de reyes, el absoluto dominador de una etapa en la que la mayor competición a nivel de clubes daba sus primeros pasos. Y los dio, durante cinco años, de la mano de ese equipo histórico formado por un elenco de figuras que lograron un hito mundial.

Y es que nadie, hasta el momento, ha logrado igualar esa gesta de ganar cinco ’orejonas’ de manera consecutiva. Lo hizo con el presidente más importante de la historia del club, don Santiago Bernabéu, y bajo la figura de uno de los mejores futbolistas que jamás se hayan visto, don Alfredo Di Stéfano.

Con la llegada de ’La Saeta’ a Chamartín arrancó la primera gran historia del Madrid. Conocido así por su velocidad, el pibe que sacó de las gargantas del Monumental un curioso cántico -"Socorro... socorro... ahí viene la Saeta con su propulsión a chorro"- asombró en su primer partido en el Bernabéu. Fue con la camiseta de Millonarios, en la celebración de las Bodas de Oro del conjunto blanco, con dos goles en la victoria de los suyos (4-2) y tras correr 60 metros como un demonio en el tramo final del partido, cuando conquistó los corazones merengues, don Santiago incluido: "Quiero a ese argentino" sentenció el presidente blanco.

El primer envite con el Barça
Así fue. No sin antes ganar la primera gran batalla mediática ante el eterno rival. El Barça llegó a un acuerdo con River, su club de procedencia, y el Madrid hizo lo propio con Millonarios. El gobierno español medió en la pelea y propuso que jugara una temporada con cada equipo. El club catalán se negó y Di Stéfano terminó de blanco.

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Miguel Muñoz en el momento de levantar la primera Copa de Europa

Tras él llegó Francisco Gento y junto a los JoseitoHéctor Rial o Miguel Muñoz, entre otros, conquistaron el título de Liga tras 21 años de sequía. Tres títulos domésticos en cuatro temporadas con Di Stéfano como máximo artillero en dos de ellos. Pero más allá del dominio nacional, el equipo merengue centró su hegemonía en el viejo continente, grabando su nombre en la Copa de Europa durante sus primeros cinco años de existencia.

Y como cualquier hazaña que se precie, los inicios se exigen heroicos: París, 13 de junio de 1956, Parque de los Príncipes. Enfrente, el potente Stade de Reims deRaymond Kopa (un año después jugador blanco) flanqueado por casi 40.000 almas. El Madrid de José Villalonga, con ’La Saeta’ a la cabeza, se desmorona en el arranque. 2-0 a los diez minutos de juego. Todo parece perdido hasta que el pibe de Buenos Aires recorta distancias. Rial restablece el equilibrio y así se llega al descanso. Los franceses vuelven a golpear pero el Madrid ya no es el equipo acongojado del inicio. Marquitos pone el 3-3 y de nuevo Rial, a once minutos del final, marca el definitivo 4-3. Europa se tiñe de blanco. Miguel Muñoz levanta la primera Copa de Europa de la historia.

Una temporada después, el vigente campeón vive un momento delicado en su defensa del título. El Rapid de Viena de Ernst Happel pone contra las cuerdas a los blancos tras remontar el 4-2 de la ida. Al descanso, una batalla campal pone al Madrid contra las cuerdas. Con diez por la lesión de Oliva y virtualmente eliminado con un contudente 3-0, Santiago Bernabéu decide bajar a los vestuarios y soltar el primero de sus ya legendarios sermones. "Hay algunos que en vez de venir a jugar al fútbol lo han hecho para asisitir a una verbena. No sólo están representando al Madrid, sino a España", les espetó. La reprimenda dio resultado y el Madrid forzó el desempate con un gol de Di Stefano. En el tercer partido, Kopa y Joseito acaban con cualquier atisbo de sorpresa. La final, ante la Fiorentina, fue casi un puro trámite.

Dos de dos y a defender de nuevo la corona. Con pequeñas modificaciones en la plantilla, donde la llegada del meta argentino Rogelio y el zaguero uruguayo Santamaría apuntalan un sólido equipo, el gran cambio se produce en el banquillo, donde Luis Carniglia toma las riendas y continua el carrusel de títulos. Dos nuevas Copas de Europa aterrizan en Concha Espina. La primera, ante el Milan en Heysel tras remontar hasta en dos ocasiones (2-3) y la segunda, y cuarta consecutiva del club, frente al Stade de Reims de Just Fontaine (2-0).

Por aquel entonces llega otro de los mitos del madridismo: ’Cañoncito’ Puskas. Una figura y uno de los delanteros más determinantes de Europa al que Carniglia no termina de convencer por su evidente bajo estado de forma: "No se lo que podré hacer con este hombre, al que le sobran unos cuantos kilos", le comentó en una ocasión a Bernabéu, quien, ni corto ni perezoso, respondió: "Ahí está usted para ponerlo a punto".

Y vaya si lo hizo. Aunque los frutos los cosecharía, un año después, el Madrid de Miguel Muñoz enHapdem Park en lo que aún se considera como la mejor final de la historia de la Copa de Europa. Cuatro goles del húngaro y tres de Di Stéfano arrollaron al correoso Eintracht de Francfurt. El que más tarde se convertiría en uno de los técnicos más carismáticos y laureados del club, lo tuvo bien claro: "Con Di Stéfano tenemos dos jugadores en cada puesto. Durante la hora y media de juego jugamos a todo tren. Ni después de marcar siete goles trató de reposar".

Fue tal su admiración por ’La Saeta’ que en 1964, ante la lógica decadencia en el juego del crack hispano argentino, decidió presentar su dimisión antes de realizar una convocatoria en la que no estaría presente. Bernabéu no aceptó la renuncia y Muñoz tuvo que presentar una lista para jugar unas semifinales de Copa ante el Atlético en las que Di Stéfano no estaba.

Ahí terminó una época única. Aunque comenzaría otra casi tan brillante con una nueva Copa de Europa, numerosas Ligas y hasta una Intercontinental, ese ya no era el Madrid de Di Stéfano, el más grande que sin duda ha dado en la historia el club blanco. Porque cinco Copas de Europa son muchas Copas de Europa.

jaime.rincon@marca.com

El Ajax de Johan Cruyff y el florecimiento del 'fútbol total'

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La plantilla del Ajax posa con la Copa de Europa de 1972

La plantilla del Ajax posa con la Copa de Europa de 1972

Hubo una época en la que Holanda no contaba en el panorama futbolístico internacional. Una etapa no tan lejana en la que encontrarse con un equipo tulipán en cualquier competición era sinónimo de trámite. Así fue hasta que un tipo desgarbado y de físico endeble de 17 años, allá por 1964, debutaba en la Eredivisie. Nacía una leyenda, surgía uno de los considerados 'cuatro grandes' y, con él, aparecían las raíces de un equipo destinado a hacer historia. Holanda dejaba de ser una mera comparsa y el fútbol saludaba por primera vez a Johan Cruyff.

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Johan Cruyff a su llegada a Amsterdam con la Copa de Europa

El 'Flaco' se estrenó con el primer equipo un 15 de noviembre en 1964 ante el Groningen y no decepcionó. Marcó el único tanto en la derrota de los 'Ajacied' y mostró los primeros síntomas del derroche de talento que se avecinaba. Firmó junto a otro canterano, Piet Keizer, su primer contrato como profesional y se sentaron las bases del equipo que dominaría Europa a principios de los 70. Golpeado en su infancia por la temprana muerte de su padre, Cruyff veía como la vida le sonreía por primera vez. "Eh, señora, ¡deje de lavar esa ropa! Ahora tendrá que atender a Johan Cruyff, el más grande jugador de fútbol del mundo". Así se presentó en casa el crack holandés con su primer contrato bajo el brazo. Había llegado la hora de soñar.

Bajo las órdenes del mítico Rinus Michels, el equipo holandés fue asimilando los conceptos necesarios para desplegar lo que más adelante se bautizaría como 'fútbol total'. Aunque varios equipos ya había practicado este tipo de juego, fue el Ajax el que perfeccionó esa filosofía y protagonizó su confirmación. Los tres elementos fundamentales de esta manera de entender el fútbol eran tres: practica del fuera de juego, pressing ofensivo y posesión del balón. Bajo esos tres pilares se sustentaba una apuesta en la que la polivalencia de los futbolistas para ocupar distintas posiciones a lo largo del encuentro era imprescindible.

El primer aviso de lo que sería ese Ajax llegaría en 1966, con un sorprendente 5-1 al legendario Liverpool de Bill Shankly. 'El General', como así se conocía a Michels dado su gusto por la disciplina, asignó un plan de preparación física específica para Cruyff con el objetivo de fortalecer sus condiciones y evitar que su débil constitución frenara su progresión. Confeccionó un equipo en torno al 'Flaco' y los resultados no tardaron en llegar.

De la afrenta del Feyenoord al éxito en Rotterdam
En la temporada 68-69, el equipo 'Ajacied' se quedó a las puertas de la gloria al caer en la final de la Copa de Europa ante el Milan (4-1) de Trapatoni. Una temporada después, fue el Feyenoord el que se cruzó en el camino de los de Michels. El eterno rival, además, hurgó en la herida al proclamarse campeón y aterrizar en Amsterdam con la 'Orejona'. La enorme expectación ante su llegada provocó una aglomeración que desbordó el aeropuerto de Rotterdam y obligó a que los campeones pisarán suelo holandés en territorio enemigo.

Un afrenta que se cobraría el Ajax dos años más tardes. Pero antes, en 1971, la llegada de Ruud Krol y Gerry Mühren completaron una plantilla de ensueño (NeeskensHaan, Keizar, Cruyff...) que terminaría levantando su primera Copa de Europa en Wembley. El rival, el Panathinaikos de Puskas, apenas pudo presentar oposición a los de Michels, que ganaron con goles de Van Dijk y Haan. La capacidad de conjugar ese gusto por el ataque con una solidez defensiva inusual para un equipo de ese estilo les llevó a dominar el viejo continente. No en vano, ese año Heinz Stuy permaneció hasta 1082 minutos sin recibir un solo gol.

Aquella noche mágica sería la última de Michels como técnico del Ajax. Mientras Cruyff recibía el primero de sus tres Balones de Oro, el relevo en el banquillo 'Ajacied' se consumaba con el nombramiento de Stefan Kovacs, ayudante del propio Michels. El técnico rumano abogó por la cotinuidad tanto en el sistema como en el estilo de juego y optó por perfeccionar la táctica y respetar el talento del equipo holandés. "¿Qué podía yo decirles a Johan Cruyff o a Neeskens? Absolutamente nada. Sólo les dejaba jugar", ironizaba Kovacs cuando se le preguntaba por sus métodos.

Su primer año no pudo ser más fructífero. El Ajax conquistó hasta cinco títulos, un hecho sin precedentes. A los títulos de Liga y Copa se sumaron la Supercopa de Europa ante el Rangers (la primera que se disputaba en la historia), la Intercontinental frente a Independiente y la su segunda Copa de Europa consecutiva. Ésta se conquistó en el momentó algido de esa generación de futbolistas. Por si no fuera suficiente premio, ese día el escenario fue el estadio De Kuip de Rotterdam. El Ajax se tomaba así su particular revancha merced al doblete de Cruyff.

Era difícil que el Ajax no bajara el pistón tras ganar absolutamente todo en una temporada. Al menos así rezaba la lógica, en total desacuerdo con un Ajax que siguió acaparando el balón a nivel nacional y europeo. "Si nosotros tenemos la pelota, ellos no pueden marcar". Bajo esa premisa expresada por Cruyff los 'Ajacied' sumaron su cuarta liga de la época y volvieron a reinar en Europa. Esta vez, el escenario fue Belgrado y el rival la Juve de Zoff y Capello. Un gol de Johnny Rep fue suficiente para sentarse por tercer año consecutivo en el trono europeo.

Tercera y última para aquella generación que comenzó a desintegrarse con la salida de Cruyff en 1973 rumbo a Barcelona. El 'Flaco', rebelde por naturaleza, respondió a las negociaciones del Ajax con el Madrid para acordar un traspaso fichando por el eterno rival por 60 millones de las antiguas pesetas. A la fuga del gran talento holandés le siguieron otros como Neeskens, Rep, Haan, etc. Demasiados cambios para mantener el engranaje de un equipo que jugaba de memoria y que había adquirido ciertos automatismos únicos y fundamentales para plasmar su idea de juego en un campo de fútbol. Al menos, su legado garantizaba que Holanda no volviera ser nunca más el gran olvidado del viejo continente.

jaime.rincon@marca.com

 

El Nottingham Forest de Brian Clough

EQUIPOS DE LEYENDA

En sus 18 años como técnico del Nottingham, Brian Clough ganó una liga, dos Copas de Europa, una Supercopa de Europa y varias Carling Cup · Trevor Francis, fichaje estrella el año de la primera ’Orejona’, sólo pudo jugar la final pero marcó el gol de la victoria · Nigel Clough, hijo del mítico técnico, es el segundo goleador en la historia del Forest

Los jugadores del Nottingham Forest posan con la Copa de Europa de 1980

Los jugadores del Nottingham Forest posan con la Copa de Europa de 1980

"Si Dios hubiera querido que jugáramos al fútbol en el cielo, le habría puesto césped". No sabemos si ahí arriba hay metros de verde con una portería a cada lado, pero de ser así, seguramente el autor de esta frase, el inglés Brian Clough, y su mítico Nottingham Forest ocuparían un sitio preferencial en el campo. No es de extrañar dado que conocen de primera mano lo que es ver un auténtico milagro. Sólo así se explica que un recién ascendido en la Premier League conquistara el campeonato doméstico en su estreno y reinara en Europa durante los dos años siguientes.

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Brian Clough y Peter Taylor levantan la Carling Cup

El milagro del Nottingham Forest. O como pasar de salvarse por los pelos del descenso a la tercera inglesa a ser rey del continente dos años consecutivos. Un hecho único y difícimente repetible en la historia del fútbol. Por eso, y aunque su ascenso a los altares del fútbol fuera transitorio y relativamente efímero, este carismático equipo inglés merece ser elevado a la categoría de leyenda.

Más legendario, aún si cabe, fue su entrenador. Sin la figura de este técnico de Middlesbrough no se concibe la sorprendente aventura de este equipo. Brian Clough, polémico y engreído, metódico y astuto. Un entrenador capaz de levantarse de madrugada para encharcar el campo del Derby County el día antes de un gran partido europeo o de concentrar a los jugadores varios días antes de un partido con la convicción de que así salvaba el matrimonio de sus jugadores, evitándoles varias discusiones con sus mujeres. Así era Clough y con ese carácter inscribió al Forest en los anales de la historia.

El ascenso y la llegada de Peter Taylor
Su historia en el club de East Midlands arranca en enero de 1975. Pero conviene repasar brevemente su anterior trayectoria para comprender mejor al personaje. Tras entrenar al Hartlepool dos temporadas llega al Derby County, donde logra el ascenso en las 68-69 y gana la Premier en 1972. Al año siguiente cae eliminado ante la Juve en semifinales de la Copa de Europa y acusa a los italianos de haber comprado el partido. El Derby es sancionado y él obligado a dimitir. Pasa por el Brighton antes de llegar al Leeds, donde su mandato dura sólo 44 días, algo que no evita que deje perlas como el día de su presentación -"Hasta donde sé, ustedes pueden tirar a la basura vuestros trofeos conquistados, porque ustedes los ganaron haciendo trampas"- o el día de su despedida: "Hoy es un día muy triste….para el Leeds United".

Volvemos a ese enero de 1975. Clough llega al Nottingham y consigue salvarlo del descenso con muchísimos apuros. La siguiente temporada mejoran las cosas y acaban octavos. Y a la tercera, llega la vencida. Decisivo resulta el reencuentro con Peter Taylor, su segundo en el Brighton y el complemento perfecto para un técnico vanidoso, como él mismo reconoció en una ocasión. "A veces se me suben los humos a la cabeza. Creo que a la mayoría nos pasa cuando nos hacemos famosos. Me llamo a mí mismo ’Tío Engreído’ sólo para recordarme que no hay que serlo".

El caso es que con la llegada de jugadores como McGovern o John O’Hare el Nottingham asciende a la Premier. En su primera temporada en la máxima categoría, y con el recién llegado Peter Shilton de portero, gana el título con siete puntos de ventaja sobre el Liverpool y doblega al mismo conjunto ’red’ en la final de la Carling Cup. Llegaba el momento de pisar Europa así que el Nottingham decide invertir sus beneficios en un exquisito futbolista del Birmingham City que juega de mediapunta: Trevor Francis. Sin embargo, una regla de la UEFA impide que el fichaje estrella, por el que el Nottingham pagó un millón de libras, pueda jugar hasta la final de la Copa de Europa en Múnich.

Sí, la finalísima del torneo más importante. Justo en su año como debutante. Dejando atrás al vigente campeón y absoluto dominador, el Liverpool, en primera ronda. En la final se encuentra con el Malmo sueco y los de Clough tocan el cielo gracias a un gol del ’indultado’ Trevor Francis en una final muy discreta, como bien apuntó el técnico del Forest. "No fue un gran partido, ellos fueron un equipo aburrido. De hecho, Suecia es una nación aburrida. Pero hemos ganado, que importa lo demás". Ciertamente, lo único que importaba es que el Nottingham Forest era campeón de Europa.

Gesta que se repetiría un año después. Esta vez el escenario era el Santiago Bernabéu y el rival el Hamburgo de Kevin Keegan. Cuentan que, en los días previos al choque, Shilton se quejó del estado del césped en los campos de entrenamiento y que Clough le prometió llevarle a un lugar perfecto para poder ejercitarse. Ese sitio idóneo fue el verde que adornaba el centro de una rotonda. Ocurrente idea que funcionó, pues Shilton mantuvo su portería a cero y el Nottingham, sin Trevor Francis ausente por lesión, se impuso en la final con un gol de John Robertson, otro de los mitos del conjunto inglés que Clough se encargó de describir de una manera un tanto curiosa: "John Robertson era un joven muy poco atractivo. Si algún día me daba la impresión de que me había levantado así como con mala cara, me sentaba a su lado. Comparado con él, me sentía de golpe como el Errol Flynn ese de las narices. ¡Ahora!, en cuanto le cedían un metro de césped, John era un artista. El Picasso de nuestro deporte".

Precisamente la salida de Robertson con destino al Derby County, donde Peter Taylor había emigrado un año antes, acaba con la relación de Clough y su ayudante, ya deteriorada desde la publicación de la biografía del propio Taylor. Es el principio del fin. Clough sigue al frente del Nottingham pero la década de los 80 se convierte en una fase decadente donde apenas consigue ganar un par de Carling Cup y llegar a unas semifinales de la UEFA. Su figura empieza a debilitarse a pesar de ser considerado, incluso por él mismo, el mejor entrenador del momento. "No digo yo que fuera el mejor entrenador del mundo. Pero siempre ocupé el primer puesto de la lista".

En 1990 la muerte de su ex compañero y amigo Peter Taylor acrecenta sus problemas con el alcoholismo y el Nottingham se prepara para despedir a su mito. En la temporada 92-93 se consuma el descenso del club de East Midlands y Clough anuncia su retirada de los banquillos. Se cerró así una etapa que duró 18 temporadas en la que Nottingham vivió bajo la sombra del mayor héroe futbolístico que ha tenido nunca. Él, en cambio, prefería ser recordado de otro modo. "No quiero epitafios de frases profundas ni nada de ese rollo. He aportado algo. Espero que eso sea lo que digan de mí, y ojalá le haya gustado a alguien". Gustó, por supuesto, y además se convirtió en leyenda, como su Nottingham.

jaime.rincon@marca.com

El Inter de Milán de Helenio Herrera

 EQUIPOS DE LEYENDA

Jugar bien al fútbol no se limita únicamente a rasear el balón, arriesgar en ataque o mover el cuero en pocos toques. Eso, más bien, sería jugar bonito. Bien, por ejemplo, jugaba el Inter de Milán de Helenio Herrera en la década de los 60. Defensivo, sí, pero compacto, contundente y lo suficientemente resolutivo para reinar en Europa durante dos temporadas. Más de uno lo firmaría, sin duda.

[foto de la noticia] La plantilla del Inter posa con la Copa de Europa y la Intercontinental

 De hecho, nunca más viviría el Inter una etapa tan fructífera. Sólo el reciente triplete con Mourinho se acerca a lo logrado por el equipo de Helenio Herrera. Pero ni siquiera esa gesta alcanza el misticismo y la fuerte identidad que adquirió aquel Inter de mediados de los 60.

Aquel equipo fue el principal impulsor del famoso ’catenaccio’, famoso sambenito que ahora se suele asociar siempre a cualquier equipo italiano, el conjunto capaz de derrotar a equipos legendarios como el Madrid de Di Stéfano o el Benfica de Eusebio en sendas finales europeas. Hazañas vestidas con el estilo visionario de Helenio Herrera, mito de los banquillos y autor de frases lapidarias como "se juega mejor con diez que con once".

Con la llegada del entrenador argentino al Inter, en 1960, arranca esa etapa dorada de los ’nerazzurri’. Un enfrentamiento con la estrella húngara Laszlo Kubala en su etapa en el Barcelona precipita su llegada a Italia, a donde llega con Luis Suárez de la mano. En una etapa en la que el fútbol aún no alcanza cotas muy altas de profesionalismo, Herrera instaura las concentraciones e impone dietas a sus futbolistas.

El rey de la disciplina
A nivel estrictamente deportivo, el técnico argentino recupera a Giacinto Facchetti, un juvenil cedido al Atalanta que terminaría disputando más de 600 partidos como interista y al que retiraron en 2006 su camiseta con el número 3 tras su muerte. Instala una variante táctica nunca antes vista, situando a Armando Picchi como líbero por detrás de la línea defensiva de cuatro y cimenta los éxitos del equipo en un fuerte sistema defensivo.

En una etapa en la que el fútbol aún no alcanza cotas muy altas de profesionalismo, Herrera instaura las concentraciones e impone dietas a sus futbolistas

Filosofía que cuadra a la perfección con su ganada reputación de hombre duro y amante desmesurado de la disciplina. Sandro Mazzola, hijo del mítico capitán del Torino Valentino Mazzola, contó en su día una anécdota sobre las concentraciones que muestra con claridad el talante del entrenador interista. "Recuerdo que Burgnich, al que apodábamos el cura, estudiaba los movimientos de H.H. Me dijo un día: ’Helenio ha dejado las zapatillas en la puerta y ha encendido la lámpara de la mesita de noche. Es una trampa, cuando hace eso es que se marcha a su casa a dormir. Vámonos’. Bajé al garaje para coger el coche, miré la ventana de Helenio y de repente le veo moviendo la cabeza de un lado a otro. Nos pilló. Nos escapamos igual y al día siguiente la bronca fue enorme".

En ese clima de austeridad y sacrificio por el éxito se movió aquel Inter de comienzos de los 60. Esa dedicación plena obtuvo sus primeros resultados en 1963 con la consecución del primero de los tres ’Scudettos’ que acumularía con H.H. como entrenador. El primer trofeo permitió disputar la Copa de Europa al año siguiente, en la que el Inter fue superando eliminatorias con cierta dificultad. De una de ellas, ante el Everton, rescatamos otro detalle del fuerte carácter que Herrera imprimía a los suyos. Antes del partido frente a los ingleses, el técnico explicó así a Mazzola el marcaje con el que le tocaría lidiar: "Mira a éste, que sepa que hasta le han metido en la cárcel por dar una paliza. Pega como un forjador así que como no seas rápido con la pelota te va a machacar".

Pero el que pegó bien, de cara a portería, fue el Inter. Los ’nerazzurri’ llegaron hasta la final, donde esperaba el temido Madrid de Di Stéfano. Contra todo pronóstico, el equipo italiano se impuso por 3-1 en Viena con dos goles de Mazzola y otro de Milani y levantó su primera Copa de Europa.

La hegemonía interista obtuvo su confirmación poco después con la conquista de la Copa Intercontinental ante Independiente. El Inter necesitó de un partido de desempate, disputado en el Bernabéu, donde un gol de Mazzola dio el título a los de Helenio Herrera.

El genial centrocampista italiano ponía el talento junto a Luis Suárez en los últimos metros. El español, único Balón de Oro hasta hoy en nuestra tierra, era el auténtico líder, y así lo asumían todos, incluido el propio Mazzola. "Suárez era el comandante. Un día contra el Palermo me lanzó un pase por la izquierda. Fui a por la bola, pero cuando vi que no llegaba a ella me paré. Luisito me echó la bronca: ’Qué cojones haces, yo nunca fallo un pase’. Y era verdad, no fallaba nunca".

Bajo la sombra de esas figuras y la aportación de futbolistas como Joaquín Peiró o Jair Da Costa el Inter vuelve a conquistar el ’Scudetto’ en 1965 y extiende su hegemonía en Europa. Esta vez, el rival es el Benfica de Eusebio y el escenario el Giuseppe Meazza. En casa, y como vigente campeón, parecía imposible fallar. Abonado al sufrimiento, el Inter mantiene su corona merced a un solitario tanto de Jair Da Costa. Independiente vuelve a cruzarse en su camino hacia su segunda Intercontinental, ganada con mayor claridad que en el primer episodio con los argentinos.

El ’Scudetto’ de 1966 cerró un ciclo glorioso e irrepetible en la historia del club. Helenio Herrera y varios de los pesos pesados permanecieron en el equipo hasta finales de los 60 pero la época de Il Grande Inter había tocado a su fin.

jaime.rincon@marca.com